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Al Presidente norteamericano Donald Trump se le pueden reprochar muchas cosas, pero desde luego cumple lo que promete. Y lo hace con la cara descubierta, sin tapujos, lo que nos lleva a considerar que su mandato no está marcado por el «conservadurismo» sino por una clara corriente de «caradurismo».
Trump ha hablado claro cuando ha expresado en público su afán expansionista e imperialista, y tampoco ha ocultado sus intereses económicos, cuando ha puesto en el foco el petróleo de Venezuela. Además, quiere hacerse a toda costa con Groenlandia, lo cual pondría patas arriba el orden mundial que se mantiene desde hace décadas tras la II Guerra Mundial.
Cuando Trump expresa sin tapujos sus afanes de expandir su imperio a territorios de otros países, en realidad no está ejerciendo una política de derechas, sino una política de «caradurismo» y hechos consumados.
En muchos casos por la fuerza y pasándose por encima la legalidad internacional, Trump ha dado un golpe en la mesa al sacar de Venezuela a Nicolás Maduro, un dictador sin tapujos e ilegítimo presidente de su país porque falseó las Elecciones. Bajo la excusa de presuntos delitos de narcotráfico cometidos por Maduro, el fondo es el petróleo y las tierras raras y riquezas naturales que Venezuela tiene y Trump ansía.
El «caradurismo» de Trump se cristaliza en su peculiar forma de hacer política y de negociar, que viene de sus tiempos como promotor inmobiliario y, desde luego, se aleja de toda forma de protocolo e incluso de las mínimas normas de educación.
Trump es como un «señoro» que llama negociar al hecho «caradurista» de imponer con amenazas y con ofertas que «no podrá rechazar». Así las cosas, el Mundo va como va: sometido a una deriva incierta.
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